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Cuando la inteligencia artificial hereda la mentira
El filósofo Yuval Noah Harari advirtió recientemente en el Foro Económico Mundial de Davos que uno de los grandes problemas de la inteligencia artificial es su relación con la mentira. No como un error de programación, sino como una consecuencia casi inevitable cuando un sistema domina el lenguaje, la estrategia y la predicción. Desde esta perspectiva, la mentira no aparece como una anomalía moderna, sino como un mecanismo evolutivo de supervivencia, arraigado en circuitos cerebrales muy antiguos, anteriores incluso al humano, que ya operaban en seres vivos hace cientos de millones de años. Cuando una inteligencia, humana o artificial, adquiere capacidad estratégica, la posibilidad de engañar reaparece como función adaptativa.
Una mentira simple puede encuadrarse dentro de procesos instintivos de defensa. Por ejemplo, cuando un animal se mimetiza o amaga dirigirse a un sector para luego hacerlo hacia otro y engañar a su depredador. En el humano, este proceso se complejiza de manera notable, dando lugar a fenómenos como la posverdad, los algoritmos que sesgan la cognición o las mentiras a medias. Aquí se aborda la mentira principalmente como proceso defensivo-instintivo, dado su impacto directo en la intersubjetividad.
El engaño no es exclusivo del humano. En distintas especies se observan conductas engañosas vinculadas a la supervivencia. Un ejemplo particularmente estudiado es el de los córvidos, aves con alta capacidad cognitiva, que esconden alimento y, cuando detectan que están siendo observadas por otros miembros de su especie, simulan falsos escondites. Luego regresan y trasladan el alimento real a otro sitio. Este comportamiento implica memoria social, planificación y engaño estratégico, sin necesidad de lenguaje ni conciencia reflexiva, reforzando la idea de que la mentira es una función biológica previa a la cultura humana.
La mentira es un proceso de engaño premeditado, que puede planificarse con mucho o poco tiempo, pero que siempre requiere una gran cantidad de recursos cerebrales. Existen mentiras elaboradas que demandan alta capacidad intelectual y metafórica, además de un proceso creativo complejo. Cuanto más elaborada es la mentira, mayor es la exigencia sobre las funciones cognitivas y corporales.
Mentir no es simplemente decir algo falso. Requiere controlar la expresión emocional y corporal para no ser descubierto. Sudoración, respiración acelerada o enrojecimiento pueden delatar el engaño. Por eso, mentir es una de las tareas cognitivas más complejas desarrolladas por el humano.
Desde hace décadas, la neurociencia intenta comprender este proceso. El polígrafo, creado en 1938 por Leonard Keeler, intentó detectar la mentira a través de variables autonómicas como la frecuencia cardíaca o la sudoración. Sin embargo, fue descartado por falta de validez científica. Estudios posteriores con resonancia magnética funcional mostraron que mentir activa una red cerebral distribuida, principalmente en el lóbulo prefrontal, el cíngulo anterior y estructuras emocionales como la amígdala.
Diversos trabajos muestran que quien mejor miente es quien logra desconectar el pensamiento del sistema emocional, mostrando menor empatía frente al estrés del engaño. En estudios de cognición social se observa que, cuando se evalúa de forma individual, las personas detectan mentiras apenas por encima del azar. Sin embargo, cuando actúan en grupo y dialogan, la capacidad de detección aumenta significativamente.
Una revisión publicada en la revista Neuroscientist por el investigador Nobuhito Abe sostiene que la mentira no reside en un centro cerebral único, sino que emerge de una red distribuida que involucra la corteza prefrontal dorsolateral y medial, el cíngulo anterior y el estriado, áreas relacionadas con el control ejecutivo, la evaluación social y la recompensa. La mentira debe entenderse como un acto activo de regulación cognitiva.
En esta línea, un estudio publicado en Nature Neuroscience por Neil Garrett y colegas del University College London mostró que el cerebro se adapta progresivamente a la mentira. La repetición del engaño reduce la activación de la amígdala, disminuyendo el malestar emocional asociado. Esta habituación neural facilita que las mentiras aumenten en magnitud con el tiempo, aportando una base biológica a la pendiente progresiva de la deshonestidad.
El engaño, entonces, no es una excepción moral sino una función que puede volverse habitual. En un primer momento produce displacer y activación del sistema nervioso autónomo, pero con la reiteración estas respuestas disminuyen, facilitando mentiras cada vez más frecuentes y graves. Algo similar ocurre con el egoísmo, que prioriza lo personal por sobre lo comunitario y se asocia a una disminución de la funcionalidad de áreas cerebrales vinculadas con la empatía, especialmente en el lóbulo prefrontal ventromedial.
Estudios con neuroimágenes muestran que en personas con rasgos narcisistas o antisociales se activan áreas emocionales solo cuando el perjuicio los afecta a ellos, pero no cuando afecta a otros. Esto impacta en las relaciones sociales y laborales y aumenta el riesgo de conductas corruptas.
La necesidad de reglas, castigos y justicia se observa también en mamíferos superiores. Experimentos clásicos con monos capuchinos realizados en el laboratorio de Yerkes de la Universidad de Emory mostraron que rechazan recompensas menores cuando observan que otros reciben premios más valiosos por el mismo esfuerzo, evidenciando una percepción básica de injusticia.
Desde la neurociencia y la filosofía moral surge la ética experimental, que estudia la conducta ética incorporando el conocimiento sobre el cerebro. Se investiga cómo interactúan los factores genéticos, aprendidos y sociales en la toma de decisiones morales.
En los actos de corrupción se observa una desconexión funcional entre el sistema emocional amigdalino y el lóbulo prefrontal, afectando la toma de decisiones y reduciendo la empatía. Algunos autores describen la llamada tríada oscura de la personalidad —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía— como un conjunto de rasgos con alto riesgo social.
La corrupción puede contagiarse grupalmente. Estudios de economía experimental muestran que cuando una conducta deshonesta es detectada, puede propagarse incluso entre quienes inicialmente eran cooperativos. Investigaciones del University College London indican que la reacción emocional negativa frente a la deshonestidad disminuye con la repetición, facilitando la habituación al engaño.
Las mentiras adquieren una dimensión distinta en grandes masas. En contextos políticos o sociales amplios, pequeños grupos pueden manejar narrativas basadas en engaños aceptados colectivamente. La mentira requiere siempre intersubjetividad: alguien que miente y alguien que cree.
Trabajos de Ten Brinke en la Universidad de California en Berkeley mostraron que las personas detectan mejor las mentiras cuando no saben que están siendo evaluadas para hacerlo. Otros estudios muestran que la detección grupal mejora cuando hay diálogo, algo que no ocurre en grandes masas ni en redes sociales.
La reiteración de mentiras desensibiliza tanto al mentiroso como al receptor. Se genera una habituación colectiva al engaño. Al defender posturas forzadas se crean argumentos que modifican la comprensión subjetiva de la verdad, dando lugar a lo que algunos autores llaman tribalismo de la verdad.
La posverdad puede entenderse como una forma de razonamiento motivado, cercana al funcionamiento de los sistemas de creencias. Ideas cargadas emocionalmente pueden enmascarar premisas falsas. Cambiar una creencia resulta difícil cuando la emoción coopta al pensamiento racional.
Las IA amplifica estos procesos mediante sesgos de confirmación y algoritmos que refuerzan burbujas de creencias, debilitando los criterios de verdad basados en evidencia. Así, la mentira repetitiva, sostenida emocionalmente y amplificada por sistemas tecnológicos, se vuelve socialmente creíble, generando riesgos crecientes para la vida democrática y la convivencia social.
Bibliografía
Kiehl KA. A cognitive neuroscience perspective on psychopathy: evidence for paralimbic system dysfunction. Psychiatry Res. 2006 Jun 15;142(2-3):107-28. doi: 10.1016/j.psychres.2005.09.013. Epub 2006 May 19. PMID: 16712954; PMCID: PMC2765815.
Damasio AR. The somatic marker hypothesis and the possible functions of the prefrontal cortex. Philos Trans R Soc Lond B Biol Sci. 1996 Oct 29;351(1346):1413-20. doi: 10.1098/rstb.1996.0125. PMID: 8941953.
Referencias:
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- Brusco LI. Manual de neurociencia cognitiva. Buenos Aires: Ediciones EDANA; 2025.
- Husserl E. Lecciones para una fenomenología de la conciencia interna del tiempo. Madrid: Editorial Trotta; 2002.
- Roenneberg T, Merrow M. The circadian clock and human health. Current Biology. 2016;26(10):R432–R443.
Neurociencia Corporizada: La Matrix entre Cuerpo y Mente
Existe una clara relación entre cuerpo, cognición y emoción. Muchos investigadores de la conciencia humana sostienen que las emociones y el razonamiento no se producen solo en el cerebro, sino también en el resto del sistema nervioso y en otras partes del cuerpo. Plantean que el corazón, el intestino (considerado como un segundo cerebro) y el sistema hormonal, entre otros, condicionan la percepción y representación de la realidad y la toma de decisiones.
Actualmente, pocos cuestionan la mente desde un punto de vista cognitivo y material, es decir, cómo la funcionalidad intelectual se anula ante la destrucción del cerebro. El arqueólogo cognitivo Emiliano Bruner, junto a otros grupos de neurocientíficos, ha postulado una estructura cerebral que constituiría el puente de esa relación. Corresponde a un sector de asociación y conexión entre la sensorialidad corporal y la visión. Adjudican a la parte superior del lóbulo parietal, llamada precúneo (y al surco intraparietal), las características de este puente entre funciones vitales claves: la destreza y captación sensorial muy fina de la mano, la vista (el humano es macro óptico) y la emoción. Estas funciones son claves en el desarrollo del Homo sapiens. Esta área parietal superior imbricaría la visión con la sensación corporal, facilitando así la interfaz entre los sectores que más se han desarrollado en el humano.
La fusión entre la destreza de la mano y la vista nos ha permitido desarrollos tecnológicos y culturales. Además, genera al self, otorgando esta funcionalidad que incrementa la posibilidad gregaria e intersubjetiva.
El psiquiatra y filósofo Thomas Fuchs del Hospital Clínico de Heidelberg plantea que existe una zona central específica en el sistema nervioso, que llama «Conciencia Nuclear», donde funcionaría una especie de autosensación corporal. Esta función estaría ligada, en un ida y vuelta, con los procesos cognitivos de la conciencia.
Con este sistema se coordinan sensaciones en el cerebro, generando un espacio de coordenadas y trabajo computacional de la conciencia de realidad. Se reciben así aferencias de la sensibilidad que aporta el cuerpo (externas e internas), generando respuestas específicas. Si nuestra conciencia funcionara aislada de lo corporal, como en la película “Matrix” o como si el cerebro estuviera en una cubeta, separada del cuerpo, no se recibiría esta impronta corporal.
Cuando recordamos experiencias corporales pasadas, se encienden neuronas que han trabajado para poder experimentar la sensación anterior (similar a las neuronas en espejo, pero del pasado). Cuando aprendemos una acción motora y después la pensamos, se encienden las mismas neuronas premotoras corticales que habían aprendido el movimiento. Cuando sentimos miedo, el sistema emocional (amígdala) conecta la expresión facial generando expresión de terror. Si se inhiben ciertos movimientos faciales que expresan emociones, las personas evaluadas con test sienten menos angustia al observar situaciones dolorosas debido a la incomunicación del sistema motor con el emocional de la persona.
Quizá sea hora de volver a pensar que nuestra dualidad no es mente/cerebro, sino mente/cerebro-cuerpo, dado que el cerebro trabaja en un todo con nuestro organismo. Nace el concepto de cognición corporizada, que estudia el impacto del cuerpo en nuestra mente, una función clave pero hasta ahora poco investigada.
Suponer que solo el cerebro maneja nuestras respuestas emocionales, racionales y sociales es una posición un tanto simplista. Muchos estudios muestran al cerebro recibiendo información corporal, no solo desde los sentidos sino de toda la actividad motora consciente e inconsciente. El cerebro le da órdenes al cuerpo, pero además recibe información sobre cómo se encuentra y trabaja, en una especie de círculo vicioso.
En un artículo publicado en «Nature», los investigadores Evan M. Gordon y Nico U. F. Dosenbach de la Washington University School of Medicine en St. Louis revelaron una nueva red cerebral denominada Somato-Cognitive Action Network (SCAN). Este hallazgo reconfigura el mapa clásico del homúnculo cortical de Penfield, mostrando que la corteza motora está organizada de manera más compleja e interconectada de lo que se pensaba anteriormente. El homúnculo cortical ha sido una piedra angular en la neurociencia, representando cómo diferentes áreas de la corteza motora controlan partes específicas del cuerpo. Sin embargo, el estudio de Gordon y Dosenbach, utilizando técnicas avanzadas de resonancia magnética funcional, ha revelado que, además de las áreas específicas para el control de distintas partes del cuerpo, existen regiones intercaladas no motoras que están fuertemente conectadas con otras partes del cerebro. Este nuevo mapa cerebral sugiere no solo coordinación de movimientos físicos, sino que también integra funciones cognitivas y fisiológicas, demostrando una conexión directa entre la mente y el cuerpo. Podría ayudar a entender cómo prácticas como la meditación pueden calmar tanto la mente como el cuerpo al influir en esta red integrada.
El cerebro recibe información no solo de los sentidos, sino de toda la actividad motora consciente e inconsciente, creando un ciclo de retroalimentación. Las respuestas motoras y emocionales pueden ser detectadas incluso antes de que nuestra conciencia las registre, sugiriendo que poner una «buena cara» no solo tiene beneficios sociales, sino que también mejora nuestro estado emocional. La comprensión de cómo las sensaciones corporales influyen en el aprendizaje es crucial. Estudios han demostrado que el uso de metáforas corporales y el aprendizaje a través del tacto mejoran significativamente la comprensión y retención de la información.
El cuerpo también permite aprender a través del tacto, un proceso innato, ya que incluso los bebés reconocen objetos con el tacto. Es trascendental estudiar la sensibilidad háptica, que se refiere a las sensaciones que no son ni visuales ni auditivas y que son claves en el recién nacido; sin ellas, presentamos grandes dificultades.
Este tipo de contacto es usado para el conocimiento de uno mismo, del espacio y para lo intersubjetivo. Muchas investigaciones sobre procesos educativos muestran que el proceso de aprendizaje mejora sustancialmente cuando los niños aprenden con sensaciones como tocar o manipular. Es muy conocido, en ese sentido, el estudio de Francis McGlone de la Universidad John Moore, quien describió al sistema de fibras nerviosas que informan a nuestro cerebro sobre las caricias o el tacto afectivo.
La fusión de estos descubrimientos con los conceptos tradicionales de neurociencia abre nuevas vías para la investigación y el tratamiento clínico. La integración de cuerpo y mente no solo es un concepto filosófico, sino una realidad neurológica que puede transformar nuestra comprensión del bienestar humano y la rehabilitación neurológica. La dualidad mente/cerebro-cuerpo se consolida como un área clave en la neurociencia moderna, invitándonos a reconsiderar nuestras prácticas educativas, terapéuticas y de autocuidado.
Bibliografía
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Bechara A, Damasio H, Damasio AR. Emotion, decision making and the orbitofrontal cortex. Cereb Cortex. 2000 Mar;10(3):295-307. doi: 10.1093/cercor/10.3.295. PMID: 10731224.
El tacto es clave para la Subjetividad Humana
El importante sentido del tacto, a veces subvaluado frente a los otros como la vista o la audición, es al mismo tiempo clave frente a situaciones tan íntimas como la subjetividad corporal. Desde una caricia hasta un pinchazo, desde el roce del agua hasta la presión en el pecho, las sensaciones corporales construyen el puente entre el mundo exterior y nuestra conciencia. Pero ¿cómo se transforma una simple presión en la piel en una vivencia subjetiva? ¿Cómo es que el cuerpo “sabe” dónde está cada parte sin necesidad de mirar? La ciencia ha comenzado a descifrar este misterio gracias a hallazgos recientes que confirman algo que muchos intuimos: no hay mente sin cuerpo, ni percepción sin subjetividad.
Los neurocientíficos David Julius y Ardem Patapoutian ganaron el premio nobel 2021 por descubrir los receptores sensoriales responsables del tacto, la temperatura, la presión arterial y la propiocepción. Julius identificó un canal sensible al calor (TRPV1), el mismo que se activa cuando comemos algo picante. Patapoutian, por su parte, descubrió los canales PIEZO1 y PIEZO2, esenciales para que las células detecten estímulos mecánicos, como el roce o la presión.
Estos hallazgos no solo explican cómo el cuerpo siente el entorno, sino también cómo se siente a sí mismo. PIEZO2, por ejemplo, es fundamental para la propiocepción: ese sentido invisible pero vital que nos permite saber dónde están nuestros brazos y piernas incluso con los ojos cerrados. Sin esta función, estaríamos condenados a tropezar con nosotros mismos. Además, los canales PIEZO participan en el control de funciones internas como la respiración, el vaciado de la vejiga y la regulación de la presión arterial.
La neurociencia ha demostrado que toda sensación es también interpretación. El cerebro recibe los datos del cuerpo y los filtra, los reinterpreta y los transforma en experiencia subjetiva. Este proceso ocurre a tal punto que una misma sensación —un leve cosquilleo, por ejemplo— puede ser vivida como placer o amenaza, dependiendo del contexto emocional, de quién la genera o de nuestro propio estado de ánimo.
De hecho, existen circuitos cerebrales encargados de regular esta información. Son los sistemas de control sensorial descendente, capaces de modular el dolor e incluso inhibirlo, como ocurre con los sistemas analgésicos internos similares a los opioides. Por otro lado, cuando este filtro falla, aparecen alucinaciones táctiles o sensaciones dolorosas sin causa física, como las que se observan en trastornos psicóticos, en el Alzheimer o bajo el efecto de ciertas drogas.
El tacto es el primer lenguaje con el que venimos al mundo. Antes de ver o escuchar, sentimos. La piel del recién nacido es la frontera entre el caos exterior y la contención emocional. Caricias, abrazos, contacto piel a piel: todos estos gestos activan fibras nerviosas “tipo C” que no solo informan al cerebro, sino que lo calman, lo vinculan, lo conectan con otro. Francis McGlone, neurocientífico de la Universidad John Moore, ha descrito cómo estas fibras transmiten el “tacto afectivo” en alrededor de un segundo, provocando la liberación de oxitocina, endorfinas y serotonina, y disminuyendo el cortisol, la hormona del estrés.
La caricia, entonces, no es un gesto menor. Es una necesidad neurobiológica. Y es también un puente intersubjetivo: necesita de otro para existir. No se trata solo de contacto, sino de intención emocional. No sorprende que en la pandemia, donde el contacto fue limitado, aumentaran los niveles de ansiedad y malestar psicológico. Nos faltaron caricias, literalmente.
El cerebro no solo percibe el tacto, también lo anticipa. Estudios en bebés han demostrado que una caricia lenta antes de una punción reduce la actividad cerebral asociada al dolor. Incluso personas con trastornos del espectro autista parecen procesar de forma diferente el tacto emocional, lo cual podría explicar algunas dificultades sociales vinculadas al contacto físico.
El cuerpo también construye un mapa del espacio. En el lóbulo parietal del cerebro existen neuronas que no solo responden al toque directo, sino también a la proximidad de objetos o personas, activando una especie de “burbuja” de seguridad llamada espacio peripersonal. Esta integración del cuerpo con el entorno es tan precisa que, cuando manejamos un auto o usamos una herramienta, el cerebro la incorpora como una extensión del cuerpo. Por eso, cuando nos chocan el auto, nos duele “como si nos hubieran pegado a nosotros”.
En 2014, otro Nobel fue otorgado por el descubrimiento del “GPS cerebral”, basado en neuronas especializadas del hipocampo que permiten la orientación espacial. Esas mismas neuronas se ven afectadas en las primeras fases del Alzheimer, cuando muchas personas comienzan a perderse en trayectos cotidianos. El espacio y el tiempo se entrelazan en la memoria, otra función corporalizada.
Hoy, disciplinas como la neuroarqueología y la neurociencia corporalizada proponen una visión más integrada. El arqueólogo Emiliano Bruner y el psiquiatra Thomas Fuchs sostienen que el cuerpo no es un mero vehículo del cerebro, sino parte de su arquitectura funcional. La zona del precúneo y el surco intraparietal serían el puente entre la mano, la visión y la emoción. Este sistema crea coordenadas internas donde se aloja la conciencia. Pensamos con el cuerpo.
La red SCAN (Somato-Cognitive Action Network), descrita recientemente por investigadores de la Universidad de Washington, va más allá del clásico homúnculo cortical de Penfield. Este nuevo mapa cerebral muestra una integración entre áreas motoras y cognitivas, y sugiere que nuestras decisiones, emociones y aprendizajes están profundamente influenciados por nuestras sensaciones corporales. Aprender con el cuerpo —tocar, manipular, moverse— potencia la comprensión y la memoria. Sentir es saber.
No sólo emocionamos con la mente. También somos cuerpos que recuerdan, que duelen, que acarician y que necesitan ser acariciados.
Bibliografía
McGlone F, Wessberg J, Olausson H. Discriminative and affective touch: sensing and feeling. Neuron. 2014 May 21;82(4):737-55. doi: 10.1016/j.neuron.2014.05.001. PMID: 24853935.
Julius D. TRP channels and pain. Annu Rev Cell Dev Biol. 2013;29:355-84. doi: 10.1146/annurev-cellbio-101011-155833. PMID: 24099085.